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Mujeres creando

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Difusión de nota de Mujeres Creando:

María Galindo Neder activista boliviana, militante del feminismo radical,
psicóloga y comunicadora, cofundadora del colectivo Mujeres Creando en 1992.

Tengo coronavirus, porque aunque parece ser que la enfermedad aún no ha
entrado por mi cuerpo, gente amada la tiene; porque el coronavirus está
atravesando ciudades por las que he pasado en las últimas semanas; porque
el coronavirus ha cambiado con un trinar de dedos como si de un milagro,
una catástrofe, una tragedia sin remedio se tratara, absolutamente todo.
Donde pises está, donde llegas ha llegado antes y nada se puede hoy pensar,
ni hacer, sin el coronavirus entre medio. Parece ser que no solo yo tengo
coronavirus, sino que lo tenemos todas, todes, todos; todas las
instituciones, todos los países, todos los barrios y todas las actividades.

Lo que está claro es que el coronavirus, más que una enfermedad, parece ser
una forma de dictadura mundial multigubernamental policíaca y militar.

El coronavirus es un miedo al contagio.

El coronavirus es una orden de confinamiento, por muy absurda que esta sea.

El coronavirus es una orden de distancia, por muy imposible que esta sea.

El coronavirus es un permiso de supresión de todas las libertades que a
título de protección se extiende sin derecho a replica, ni cuestionamiento.

El coronavirus es un código de calificación de las llamadas actividades
imprescindibles, donde lo único que está permitido es que vayamos a
trabajar o que trabajemos en teletrabajo como signo de que estamos viv@s.

El coronavirus es un instrumento que parece efectivo para borrar,minimizar,
ocultar o poner entre paréntesis otros problemas sociales y políticos que
veníamos conceptualizando. De pronto y por arte de magia desaparecen debajo
la alfombra o detrás del gigante.

El coronavirus es la eliminación del espacio social más vital, más
democrático y más importante de nuestras vidas como es la calle, ese afuera
que virtualmente no debemos atravesar y que en muchos casos era el único
espacio que nos quedaba..

El coronavirus es el dominio de la vida virtual, tienes que estar pegada a
una red para comunicarte y saberte en sociedad.

El coronavirus es la militarización de la vida social.

Es lo más parecido a una dictadura donde no hay información, sino en
porciones calculadas para producir miedo.

El coronavirus es un arma de destrucción y prohibición, aparentemente
legítima, de la protesta social, donde nos dicen que lo más peligroso es
juntarnos y reunirnos.

El coronavirus es la restitución del concepto de frontera a su forma más
absurda; nos dicen que cerrar una frontera es una medida de seguridad,
cuando el coronavirus está dentro y el tal cierre no impide la entrada de
un virus microscópico e invisible, sino que impide y clasifica los cuerpos
que podrán entrar o salir de las fronteras.

El espacio Schengen, que es desde donde se ha propagado el coronavirus a
esta parte del mundo, donde habito, cierra su frontera a la circulación de
cuerpos por fuera de ese espacio y cumple por fin el sueño fascista de que
l@s otr@s son el peligro.

El coronavirus podría ser el holocausto del siglo XXI para generar un
exterminio masivo de personas que morirán y están muriendo, porque sus
cuerpos no resisten la enfermedad y los sistemas de salud las, les y los
han clasificado bajo una lógica darwiniana como parte de quienes no tienen
utilidad y por eso deben morir.

Aparecen los millones de euros de salvataje de sus economías coloniales
para solventar alquileres, facturas de servicios, sueldos, cuando a toda
esa masa proletarizada se le venía recortando el cielo, diciendo que no
había de dónde pagar la deuda social. Ahora que les tienen muertos de
miedo, obedientes y recluidos, les premian con el dulce consuelo de que
solventarán sus cuentas, después de haber solventado las que importan, que
son las de las corporaciones y los Estados.

“Socialistas” como los que gobiernan España, hablan de una guerra que vamos
a vencer todos juntos. Les gusta la palabra, creen que sirve para hacer
cuerpo y hacer de la enfermedad el supuesto enemigo ideal que nos una. Nada
más fascista que declarar una guerra contra la sociedad y contra la
democracia aprovechando el miedo a la enfermedad. Nada más fascista que
hacer de las casas de la gente sus cárceles de encierro. Nada más
neoliberal que proclamar el sálvese quien pueda como solución tutelada.

¿Y qué pasa cuando el coronavirus traspasa la frontera y llega a países
como Bolivia?

Empecemos por decir que acá al coronavirus le esperaba ya en la puerta el
dengue, que viene matando en el trópico –sin titulares en los periódicos– a
las gentes malnutridas, a las wawas, a quienes viven en las zonas
suburbanas insalubres. El dengue y el coronavirus se saludaron, a un
costado estaba la tuberculosis y el cáncer que en esta parte del mundo son
sentencias de muerte.

Los hospitales construidos la mayor parte a inicios el siglo XX con el auge
del estaño y posteriormente modernizados, en los años setenta del siglo
pasado, con el auge del desarrollismo, son mamotretos que colapsaron hace
rato y donde la mala costumbre de curar a la gente siempre pasó por cuánto
dinero tienes para pagar los medicamentos, todos importados e impagables.

Entra el coronavirus y llega en aviones, no de turistas, sino de nuestras
exiliadas del neoliberalismo que han construido puentes de afecto que hace
que vengan a visitar a extraños que llaman hijos, hermanos o padres.

Llegan con regalos y con cuerpos infectados, pero la enfermedad no solo
llega en sus cuerpos llega en primera clase también, llega porque tiene que
llegar, así de simple. Parece increíble que tengamos que apelar al sentido
común y tengamos que decirles que las fronteras no se pueden cerrar,
igualito que no se puede poner techo al sol, ni muro a las montañas, ni
puertas a la selva.

Llegó por mil lugares, pero fue el cuerpo de una de nuestras exiliadas del
neoliberalismo el estigmatizado y maltratado como “la portadora”, aunque
ella y no otros hayan sido y sean quienes mantienen a este país. Los
parientes de los enfermos se organizan para no dejar que se la hospitalice
por el pánico, porque antes de que llegue el coronavirus en un cuerpo,
había llegado en forma de miedo, de psicosis colectiva, de instructivo de
clasificación, de instructivo de alejamiento.

El orden colonial del mundo nos ha convertido en idiotas que solo podemos
repetir y copiar. Privadas y privados de pensar, en el caso boliviano la
presidenta decide copiar pedazos del discurso y medidas del presidente de
España y leyendo en telepronter lanza un paquete de medidas como si
estuviera sentada en Madrid y no en La Paz. Habla de guerra que hay que
ganar juntos y de los empresarios con los que concertará y lanza un toque
de queda y prohibiciones en colecciones.

Lo único diferente en su discurso es el recurso de la cooperación
internacional, la conocida mendicidad en la que nos revolcamos para que nos
donen desde barbijos hasta ideas, una vez que les hayan sobrado.

Lo único diferente en su discurso es que acá no hay excedente, ni miles,
menos millones de euros con que pagar ninguna cuenta. Acá la sentencia de
muerte estaba escrita antes de que el coronavirus llegara en avión de
turismo.

Mientras espero una epifanía que nos esclarezca lo que tenemos que hacer y
que estoy segura entrara por el cuerpo débil y febril que nos la revelara,
mientras me dedico con mis hermanas a desobedecer la prohibición de
fabricar gel casero y lo hacemos para vender, porque también tenemos que
sobrevivir; mientras rebusco mis libros de medicina ancestral para producir
una fricción respiratoria antiviral, como las que hacíamos cuando Mujeres
Creando era una farmacia popular en una zona periférica de la ciudad,
pienso en el absurdo.

¿Ya que hay toque de queda, quedan prohibid@s de subsistir tod@s quienes
viven de trabajar en la noche?

La sociedad boliviana es una sociedad proletarizada, sin salario, sin
puestos de trabajo, sin industria, donde la gran masa sobrevive en la calle
en un tejido social gigante y desobediente. Ni una sola de las medidas
copiadas se ajusta a nuestras condiciones reales de vida, no solo por las
deudas, sino por la vida misma. Todas y cada una de esas medidas copiadas
de economías que nada tienen que ver con la nuestra, no nos protegen del
contagio, sino que nos pretenden privar de formas de subsistencia que son
la vida misma.

Nuestra única alternativa real es repensar el contagio.

Cultivar el contagio, exponernos al contagio y desobedecer para sobrevivir.

No se trata de un acto suicida, se trata de sentido común.

Pero quizás en ese sentido común esté todo el sentido más potente que
podemos desarrollar.

¿Qué pasa si decidimos preparar nuestros cuerpos para el contagio?

¿Qué pasa si asumimos que nos contagiaremos ciertamente y vamos a partir de
esa certidumbre procesando nuestros miedos?

¿qué pasa si ante la absurda, autoritaria e idiota respuesta estatal al
coronavirus nos planteamos la autogestión social de la enfermedad, de la
debilidad, del dolor, del pensamiento y de la esperanza?

¿Qué pasa si nos burlamos de los cierres de fronteras?

¿Qué pasa si nos organizamos socialmente?

¿Qué pasa si nos preparamos para besar a los muertos y para cuidar a las
vivas y los vivos por fuera de prohibiciones, que lo único que están
produciendo es el control de nuestro espacio y nuestras vidas?

¿Qué pasa si pasamos del abastecimiento individual a la olla común
contagiosa y festiva como tantas veces lo hemos hecho?

Diran una vez mas que estoy loca, y que lo mejor es obedecer el
aislamiento, la reclusión, el no contacto y la no contestación de las
medidas cuando lo mas probable es que tu, tu amante, tu amiga, tu vecina, o
tu madre se contagien.

Diran una vez mas que estoy loca cuando sabemos que en esta sociedad nunca
hubo las camas de hospital que necesitamos y que si vamos a sus puertas ahí
mismo moriremos rogando.

Sabemos que la gestión de la enfermedad será maormente domiciliaria,
preparémonos socialmente para eso.

¿Qué pasa si decidimos desobedecer para sobrevivir?

Necesitamos alimentarnos para esperar la enfermedad y cambiar de dieta para
resistir.

Necesitamos buscar a nuestr@s kolliris y fabricar con ellas y ellos esos
remedios no farmacéuticos, probar con nuestros cuerpos y explorar qué nos
sienta mejor.

Necesitamos coquita para resistir el hambre y harinas de cañahua, de
amaranto, sopa de quinua. Todo eso que nos han enseñado a despreciar.

Que la muerte no nos pesque acurrucadas de miedo obedeciendo órdenes
idiotas, que nos pesque besándonos, que nos pesque haciendo el amor y no la
guerra.

Que nos pesque cantando y abrazándonos, porque el contagio es inminente.

Porque el contagio es como respirar.

No poder respirar es a lo que nos condena el coronavirus, más que por la
enfermedad por la reclusión, la prohibición y la obediencia.

Me viene a la mente Nosferatu que en una inolvidable escena, cuando ya la
muerte es inminente y la peste encarnada en ratas ha invadido todo el
pueblo, se sientan tod@s en una gran mesa en la plaza a compartir un
banquete colectivo de resistencia. Así que nos encuentre el coronavirus,
listas para el contagio.

Edición Helen Álvarez — Periodista

*Integrante de Mujeres Creando
Prensa Comunitaria vKM169